En estos días, como Iglesia de Calama, hemos llevado a Cristo crucificado a recorrer algunos campamentos y barrios transitorios de nuestra ciudad. No ha sido solo un gesto simbólico. Ha sido una experiencia profundamente interpeladora.
Cristo no pasa por lugares cómodos. Recorre caminos de tierra, entra en hogares sencillos, se hace presente en medio de familias que muchas veces son miradas con distancia, sospecha o prejuicio. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde Él quiere estar.
En los campamentos hemos visto muchos niños que crecen cargando estigmas que no eligieron, jóvenes que muchas veces son juzgados antes de ser conocidos, adultos que luchan día a día por sostener a sus familias y personas mayores que llevan en silencio su historia y su cansancio.
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Este Vía Crucis nos recuerda con fuerza que Cristo sigue siendo rechazado en los rechazados. Sigue cargando la cruz en quienes no solo viven carencias materiales, sino también el peso de la exclusión y la etiqueta social.
Como ciudad, esto nos debe hacer reflexionar. No podemos seguir hablando de los campamentos solo desde el miedo o la generalización. No podemos reducir a personas y familias a un estigma. Antes que todo, son rostros concretos, historias reales y dignidad viva.
Este recorrido nos deja una pregunta urgente:
¿Estamos ayudando a cargar la cruz o la estamos haciendo más pesada?
¿Somos capaces de reconocer a Cristo en estas realidades?
El paso de Cristo por los campamentos no es una visita pasajera. Es una revelación: Él ya está ahí. Está en la espera de tantas madres, en el esfuerzo de los trabajadores, en la incertidumbre de los jóvenes y en la mirada de los niños.
Que esta experiencia no quede solo en una expresión de fe, sino que se transforme en un llamado concreto a toda la comunidad: a mirar con más humanidad, a hablar con más justicia y a actuar con mayor compasión.
Hoy Cristo ha recorrido los campamentos de Calama.
Y al hacerlo, ha pasado también por la conciencia de nuestra ciudad.
Que no lo dejemos pasar de largo.



