Con un relato marcado por el dolor y la experiencia, Elizabeth, madre y presidenta de la agrupación «Calama Habla de Autismo», alzó la voz para aclarar conceptos que han sido materia de confusión tras los hechos de violencia registrados en el Colegio Obispo Silva Lezaeta, donde un sujeto de 18 años asesinó a una inspectora, y en cuya formalización se reveló que tiene TEA en grado uno.
“El autismo no mata, el autismo no agrede”, enfatizó de entrada, explicando que lo que se debe trabajar son las patologías asociadas y no la condición en sí. Para ella, el desconocimiento generalizado ha llevado a que se asimile erróneamente el autismo con agresividad o retraso mental, generando un acoso emocional devastador tanto para los niños como para sus familias dentro del sistema educativo.
Uno de los puntos más críticos de su análisis se centró en los niños con autismo «nivel 1» o altamente funcionales. Según Elizabeth, estos menores son, en muchos casos, los más vulnerables, ya que al «no notarse» su condición, los establecimientos educacionales les niegan apoyos básicos como asistentes de aula. Al ser niños retraídos que no suelen dar problemas externos, acumulan una carga emocional interna ante el rechazo o la incapacidad de encajar, convirtiéndose en una verdadera «bombita de tiempo» cuando no reciben las terapias adecuadas para canalizar sus emociones.
Guía de Productos y Servicios Locales
Descubre y apoya a los emprendedores de nuestra comunidad
¿Quieres ser parte de esta comunidad?
La falta de preparación en los colegios de Calama fue otro de los blancos de su crítica. A pesar de los años que se lleva hablando del tema en la zona, Elizabeth asegura que muchos docentes no tienen interés en capacitarse realmente para integrar a personas diferentes. Para ella, los establecimientos suelen ver a estos niños como «locos o enfermos» en lugar de personas con necesidades sensoriales distintas. Esta desconexión obliga a los padres a transformarse en profesores, psicólogos y doctores para suplir las carencias de un sistema que no aplica las adaptaciones curriculares por derecho, sino como si fueran un favor.
En cuanto al diagnóstico, la denuncia es alarmante: en Calama se habría «ensuciado» la aplicación del test ADOS-2. Elizabeth advierte que existen personas que se capacitan apenas tres días y comienzan a diagnosticar, sin tener la experticia clínica necesaria. Esto ha provocado una «inflación» de casos donde cualquier problema conductual o de lenguaje es etiquetado erróneamente como autismo. Según su visión, un diagnóstico serio requiere descartar otras patologías mediante exámenes complejos como resonancias cerebrales o electroencefalogramas, pasos que muchas veces se omiten en la salud local.
La experta recalca que el autismo es una condición con la que se nace y se muere, y que requiere terapias de por vida. El costo emocional y económico es altísimo para las familias, quienes enfrentan jornadas extenuantes que comienzan a las ocho de la mañana y terminan tarde con terapias y estudios. «Nuestros niños no tienen vida de lunes a viernes», lamenta, señalando que la sociedad critica la violencia pero ignora la falta de salud mental generalizada que afecta a todos, no solo a la comunidad TEA.
Haciendo una analogía con la violencia de género, Elizabeth explicó que cualquier persona sometida a un estrés constante y sin la ayuda institucional adecuada puede llegar a un punto de quiebre. En el caso del autismo, el estigma es inmediato: «Si el niño tiene una condición, al tiro asumen que fue el autista». Este prejuicio alimenta el deseo de algunos sectores de segregar a estos niños de los colegios, en lugar de aprender a convivir con quienes procesan el mundo de una manera distinta pero igualmente válida.
Finalmente, hizo un llamado urgente a los padres a buscar especialistas reales, neurólogos o psiquiatras que tengan la subespecialidad en autismo, y no quedarse solo con una evaluación superficial. La detección temprana es vital, pero debe ser precisa para evitar poner etiquetas falsas a niños que quizás solo tienen temas sensoriales o retrasos de lenguaje. Para Elizabeth, la clave está en dejar de mirar el autismo como un punto aparte de la sociedad y empezar a respetarlo como una parte integral del mundo en el que vivimos.
La reflexión final de la nota invita a la comunidad de Calama a informarse antes de opinar o discriminar. «Capacitémonos», pide Elizabeth, recordando que detrás de cada diagnóstico hay una persona que siente, que le duelen los comentarios y que tiene el mismo derecho que cualquier otro ciudadano a participar activamente de la vida social y educativa de la comuna, con la dignidad y los apoyos que la ley y la humanidad exigen.



