Cada 8 de marzo volvemos a escuchar la misma pregunta: “¿Qué más quieren las mujeres si ya tienen igualdad ante la ley?”. Quienes formulan esa pregunta olvidan –o prefieren olvidar– que la igualdad formal no es lo mismo que igualdad real, además hombres y mujeres somos distintos, somos complemento, pero debemos tener igualdad de derechos reales. Así, los derechos de las mujeres no son un favor, ni una moda, ni un plebiscito moral: son parte del estándar mínimo de una sociedad democrática y moderna.
En Chile hemos avanzado. Negarlo sería injusto con generaciones de mujeres que empujaron cambios a costa, muchas veces, de su propia tranquilidad y bienestar. Hoy contamos con normas más robustas en materia de acoso laboral y sexual, con avances en corresponsabilidad parental, con leyes que sancionan la violencia contra las mujeres, con marcos legales que promueven la igualdad y la no discriminación, y con una creciente conciencia social respecto del impacto de la brecha salarial y de las desigualdades en el trabajo de cuidados.
Pero esos avances, aunque valiosos, son insuficientes frente a la realidad que viven millones de mujeres en Chile.
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Poder político: la gran brecha pendiente
Las mujeres somos el 51% del padrón electoral en Chile. Somos mayoría a la hora de votar, sostener campañas en los territorios, organizar, movilizar y trabajar en los equipos políticos. Sin embargo, esa mayoría social no se traduce en poder efectivo:
- Solo alrededor del 16% de las alcaldías está en manos de mujeres.
- No tenemos ni una sola gobernadora mujer en todo Chile.
- En el Parlamento, apenas rondamos el 34% de representación.
Esta distancia entre quienes sostienen la democracia y quiénes toman las decisiones es un déficit democrático. No se trata solo de justicia simbólica; se trata de resultados. Allí donde hay más mujeres en posiciones de poder, hay mejores políticas de cuidados, más preocupación por la violencia de género, mayor atención a la conciliación trabajo-familia, y en general, políticas públicas más inclusivas y eficaces.
Si las mujeres representamos la mitad del país, es razonable –y necesario– que representemos también, de manera equivalente, los espacios donde se decide el rumbo de Chile. Y eso exige mayor conciencia de las propias mujeres., que muchas veces aunque nos cueste reconocerlo, las mujeres por alguna razón no votan por mujeres, por ello es necesario trabajar la confianza en el mismo género, que generan la conciencia de que más mujeres en espacio de poder mejora la democracia y garantiza el ejercicio de los derechos. No se trata de leyes de cuota, se trata de conciencia real y vocación de poder.
Trabajo y autonomía económica: el nudo central
En el ámbito laboral, los datos son igual de elocuentes. Hoy, más mujeres que hombres se titulan en las universidades. Las mujeres, en promedio, terminan antes sus estudios formales y se incorporan con alta calificación al mercado de trabajo. Sin embargo, siguen ganando menos y enfrentan más barreras para acceder a puestos directivos y de decisión.
La brecha salarial de género no se corrige sola. No es un problema de “tiempo” ni de “paciencia”, es un problema estructural. Se requiere:
- Transparencia salarial y mecanismos efectivos de fiscalización, y sanción más que moral, sanción económica al empleador que trasgreda.
- Obligación de diagnóstico de brecha y planes de corrección en empresas medianas y grandes.
- Fortalecimiento de la negociación colectiva, donde los temas de igualdad de género sean parte sustantiva de la agenda.
- En el mundo de la familia se debe avanzar en las modificaciones de la administración de la sociedad conyugal, donde aún encontramos resabios que sangran los ojos al leerlos, o podemos seguir con la administración masculina por defecto. Aquí se necesita coadministración poder decidir también es poder.
No es aceptable que, a estas alturas, sigamos normalizando que una mujer, con la misma formación y responsabilidad, gane menos que su par hombre, o que pierda la admiración de sus bienes por el hecho de casarse en sociedad conyugal. Eso no es libertad: es discriminación.
Sala cuna universal: un cambio que no puede seguir esperando
Si hay un punto donde convergen claramente el derecho laboral, la igualdad de género y la política pública, es la sala cuna universal.
Mientras el cuidado de hijos e hijas siga descansando casi exclusivamente en las mujeres, y mientras el acceso a sala cuna esté amarrado al tipo de contrato o al número de trabajadores de la empresa, tendremos un mercado laboral profundamente sesgado. Muchas mujeres quedan fuera, se ven obligadas a aceptar trabajos precarios, informales, o a abandonar sus proyectos profesionales.
Una sala cuna verdaderamente universal, financiada de manera solidaria y diseñada con enfoque de corresponsabilidad, no es un “beneficio” para las mujeres: es una inversión estratégica en el desarrollo del país. es caro, claro que si lo sabemos, pero es más caro seguir desperdiciando el talento de la mitad de la población. Un país que desperdicia al 50% de su talento se empobrece. No solo moralmente, sino también económica y socialmente. Cada mujer que no puede trabajar o desarrollar su carrera por falta de apoyos al cuidado es también menos innovación, menos productividad, menor crecimiento económico, menos diversidad en la toma de decisiones.
Los temas de género no son un plebiscito moral
Es importante decirlo con claridad: los temas de género no son debates abstractos sobre “valores privados” ni cruzadas morales. No estamos discutiendo si a alguien “le gusta” o no la igualdad de género. Estamos hablando de cómo distribuimos el poder, el tiempo, los recursos y las oportunidades en una sociedad.
Cuando aseguramos igualdad salarial, no estamos imponiendo una moral, estamos corrigiendo una injusticia.
Cuando avanzamos en paridad y participación política equilibrada, no estamos “forzando” la realidad, estamos alineando la democracia con su fundamento básico: la representación de todas y todos.
Cuando establecemos sala cuna universal, no premiamos a un grupo, sino que redistribuimos de mejor manera los costos y beneficios del cuidado, que hoy recaen desproporcionadamente en las mujeres, no podemos seguir feminizando los cuidados, los hijos se hacen de a dos, la corresponsabilidad parental es un derecho de los niños y que debe garantizarse.
Avanzar ahora, no “más adelante”
Las mujeres hemos esperado generaciones por reformas que se siguen posponiendo con el argumento de que “no es el momento”, “hay otras urgencias” o “la economía no lo permite”. La verdad es que una economía que excluye sistemáticamente a las mujeres de su pleno potencial es una economía más débil, más injusta y menos sostenible.
Este 8 de marzo, como abogada laboralista, como mujer y como ciudadana, la invitación es concreta:
- A la política: a acelerar las reformas que garanticen conciencia real de paridad en los espacios de poder y decisión.
- Al Estado: a priorizar de manera efectiva la sala cuna universal y políticas de corresponsabilidad que permitan a las mujeres trabajar y desarrollarse en igualdad de condiciones.
- Al mundo empresarial: a asumir la equidad salarial y la inclusión de mujeres en cargos de liderazgo como un estándar mínimo, no como un “sello” opcional de responsabilidad social.
- A la sociedad en su conjunto: a dejar de tratar la igualdad de género como una concesión debatible, y reconocerla como lo que es: una condición básica de dignidad y progreso.
No pedimos privilegios. Exigimos lo que en justicia corresponde. Porque cuando las mujeres avanzan en derechos, no gana solo un grupo: avanza Chile entero.


