El debate sobre seguridad escolar en Chile se ha instalado en la agenda pública con la fuerza de un sismo. Entre las propuestas de control y orden y las advertencias sobre criminalización de la pobreza y el abandono pedagógico, parece que estamos condenados a elegir un bando. Sin embargo, cuando la discusión gira en torno a la vida y el futuro de niños, niñas y adolescentes, la disyuntiva binaria resulta insuficiente y, a menudo, paralizante.
Para desatascar esta conversación nacional, propongo adoptar una mirada meliorista. El meliorismo, concepto acuñado por la filósofa George Eliot y profundizado por el pragmatismo de William James, sostiene una tesis tan sencilla como revolucionaria: el mundo no es ni perfecto ni irremediablemente malo; es, ante todo, perfectible. No se trata de un optimismo ingenuo, sino de la convicción de que el esfuerzo humano consciente puede mejorar las condiciones existentes, incluso partiendo de los peores escenarios. Aplicado a la política pública, el meliorismo nos exige dejar de preguntarnos «¿quién tiene la razón ideológica absoluta?» para empezar a preguntarnos «¿qué pedazos de verdad útil hay en cada propuesta y cómo los combinamos para que las escuelas funcionen mejor mañana que hoy?»
La trinchera actual: Dos visiones en pugna
El debate de «Escuelas Seguras» nos presenta un paisaje dividido en dos polos aparentemente irreconciliables:
1. La urgencia por la seguridad y el orden: Ante la realidad innegable de armas blancas en las mochilas y violencia desatada en el entorno escolar, este enfoque (impulsado por el Ejecutivo) prioriza la disuasión inmediata. Sus herramientas son la revisión de pertenencias y el endurecimiento de consecuencias legales y administrativas, como la posible pérdida de beneficios estudiantiles para quienes incurren en delitos violentos.
2. El enfoque pedagógico y de derechos: Esta postura (defendida por la oposición, expertos en educación y movimientos estudiantiles) advierte que la vigilancia y la exclusión sin acompañamiento psicosocial no solucionan el problema de fondo. Denuncian el riesgo de instaurar un «conducto escuela-cárcel», donde se expulsa al estudiante problemático del sistema educativo en lugar de intervenir la raíz social y emocional de la violencia.
Síntesis Meliorista: Uniendo lo mejor de ambos mundos
Una visión meliorista reconoce el valor situacional de cada argumento. No descarta la herramienta de seguridad por considerarla «autoritaria», pero la condiciona a la existencia de la herramienta pedagógica que la humaniza. La mejora real —el mejorismo— reside en el equilibrio de la siguiente tabla:
| Area de acción | Aporte irrenunciable del Enfoque de Seguridad | Aporte irrenunciable del enfoque pedagógico |
| Convivencia interna | Protocolos claros y disuasivos para prevenir el ingreso de objetos cortopunzantes o drogas | Fortalecimiento radical de la salud mental: Más psicólogos, más horas de orientación, más espacios de contención. |
| El entorno escolar | Patrullaje inteligente y focalizado en los perímetros críticos durante horarios de entrada y salida. | Recuperación del espacio público: La escuela como un territorio de paz, no como un bunker militarizado. |
| Disciplina y Consecuencias | Autoridad docente respaldada. El derecho a aprender de los compañeros que no agreden debe ser defendido con firmeza. | Justicia Restaurativa y alternativas a la expulsión: Reparar el daño causado y ofrecer caminos de reinserción socioeducativa. |
| Proyección de Futuro | «Tolerancia cero» con el delito violento dentro del recinto escolar. | Puertas abiertas a la reinserción superior: Distinguir entre sanción penal y cancelación del derecho a la educación superior. |
La voz que falta: El rol del estudiante en la construcción de la solución
Un aspecto crucial de la visión meliorista que el debate actual pasa por alto es la agencia de los propios estudiantes. Tratarlos como meros objetos de protección o potenciales amenazas es un error estratégico. La perfectibilidad del sistema exige escuchar su diagnóstico.
No se trata de preguntarles retóricamente «¿qué harían ustedes?», sino de integrarlos en mesas técnicas vinculantes donde puedan diseñar protocolos que no sientan como una humillación, sino como un resguardo. Muchos estudiantes saben mejor que los adultos dónde están los puntos ciegos del patio, qué reja se salta con facilidad y, sobre todo, quiénes son los compañeros que necesitan ayuda emocional antes de estallar en violencia.
Conclusión: El arte de lo posible
Chile no necesita elegir entre una escuela cuartel o una escuela abandonada a su suerte. Necesita una escuela que, al mismo tiempo, pueda revisar una mochila para salvar una vida y ofrecer una hora de contención psicológica para salvar una mente.
El meliorismo nos invita a avanzar con pasos concretos: implementar los detectores de metales, sí, pero acompañados de un equipo psicosocial robustecido; sancionar al agresor violento, sí, pero asegurándonos de que la sanción no lo despoje para siempre de la posibilidad de estudiar y redimirse. Es en ese cruce incómodo, en ese espacio gris entre la urgencia de hoy y la visión de mañana, donde reside la única seguridad que merece la pena construir: aquella que no solo protege, sino que también transforma.




