Calama amaneció de luto tras confirmarse la partida de Luis Campos, conocido cariñosamente como “Campito”, quien por más de 35 años se desempeñó como el paramédico histórico de Cobreloa. Su figura, siempre acompañada de su maletín naranja, se convirtió en un símbolo de entrega y lealtad en el estadio municipal (actual Zorros del Desierto), siendo testigo y protagonista de los años dorados de la institución loína.
La historia de don Luis con el cuadro naranja comenzó en 1978. Proveniente del fútbol amateur y tras trabajar en la mina de Chuquicamata, fue llamado por el Dr. Sergio Stoppel y Andrés Prieto para integrarse a un Cobreloa que recién daba sus primeros pasos en el profesionalismo. A pesar de su nerviosismo inicial por tratar con figuras consagradas, “Campito” se ganó rápidamente el respeto de todos gracias a su humildad y profesionalismo, pasando de las canchas de tierra al estándar de la alta competencia.
Durante su extensa carrera, Campos no solo veló por el estado físico de los jugadores, sino que fue un confidente y apoyo psicológico para generaciones de futbolistas. En una entrevista con «En La Línea Deportes», recordaba con especial afecto a ídolos como Alejandro Hisis, Gustavo Cuello y el «Pato» Castillo, quienes lo ayudaron en sus inicios. Para él, Cobreloa era una familia donde el utilero, el kinesiólogo y el paramédico trabajaban codo a codo para que el equipo brillara en lo más alto de Sudamérica.
Uno de los vínculos más profundos que forjó fue con su compadre, el recordado utilero Luis «Mentita» Becerra. Juntos recorrieron el continente, desde las alturas de Bolivia hasta las canchas de México, cuidando cada detalle del equipo. “Campito” solía recordar con humor y nostalgia las anécdotas de viajes, los cuidados preventivos contra el dopaje y la meticulosa preparación de la hidratación de los jugadores, una labor que realizaba con rigor científico y amor de padre.
Su legado fue reconocido en vida por el club, que bautizó una de las galerías del estadio con su nombre, un gesto que don Luis valoraba profundamente. Era común verlo sentado cerca de su letrero, contemplando la cancha y recordando los tiempos en que el gimnasio fue construido por los propios trabajadores de Chuqui. Para él, el color naranja no era solo un uniforme, sino un sacrificio compartido que debía ser respetado por las nuevas generaciones.
En sus últimos testimonios, Campos siempre mantuvo la esperanza de ver a su querido Cobreloa brillar nuevamente en los primeros lugares. Hacía énfasis en la necesidad de recuperar la identidad y la garra que caracterizó al club en sus inicios, instando a los jóvenes a «jugársela toda» por la camiseta naranja. Su partida deja un vacío imposible de llenar en la banca técnica, donde su presencia era sinónimo de calma y experiencia.
Hoy, el pueblo loíno despide a un hombre que fue mucho más que un paramédico; se va un guardián de la historia, un «Orden al Mérito Ciudadano» y, sobre todo, un hincha incondicional que entregó su vida al cuidado de los colores de Calama. Sus restos serán recordados con el mismo cariño con el que él atendió a cientos de jugadores, manteniendo vivo el grito de «Cobre-Cobre-Loa» que siempre llevó en el alma.




